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sábado, 30 de abril de 2011

PRIMEROS AÑOS DE VIDA DEL PEQUEÑOS RODOLFO!

En los primeros meses de existencia de Rodolfo, Elisabeth permaneció postrada por la enfermedad. Era un crío, demasiado pequeño para enterarse de lo que acontecía. En su entorno infantil, todo estaba bien mientras Leopoldine Nischer se encargase de dirigir con eficacia al conjunto de nodrizas y doncellas que se ocupaban de los niños imperiales. Compartía con Gisela los apartamentos, ambos recibían cuidados y atenciones, a ambos se les procuraban distracciones. Aquel verano, a pesar de la guerra, a pesar de las penurias y la atmósfera luctuosa que envolvían el país, los chiquillos fueron felices. 

Al igual que su hermana Gisela, Rodolfo creció prácticamente en ausencia de la madre. Elisabeth era una presencia elusiva en sus vidas, por decirlo de otra forma. De año en año, la emperatriz buscaba mil excusas para marcharse lejos de Viena, incluso lejos de Austria. Necesitaba evadirse de su marido, de su suegra, de sus parientes políticos, de una corte que la sofocaba, de unas obligaciones institucionales que no le interesaban nada. Pocas veces se dejaba caer por el Hofburg o Schönnbrunn. Cuando aparecía, lo hacía a desgana, lo cual se traducía en que enseguida enfermaba y por tanto se confinaba en sus aposentos. Evidentemente, los niños tenían pocas oportunidades de encontrarse con aquella mamá cuya belleza y rebeldía pasmaban al mundo entero. Gisela y Rodolfo dependían, básicamente, de su abuela Sofía. Sería conveniente no caer en la tentación de hacerse una imagen mental de Sofía  basándose sólo en su tensa, conflictiva y en conjunto desdichada relación con Elisabeth.
De lo que no cabe duda es que Sofía fue una abuela abnegada y devota. Adoraba a sus nietos, Su "Diario" está plagado de referencias a los niños, reflejando que para ella adquiría gran importancia cualquier acontecimiento en las vidas de éstos, empezando por los dolores de encías y las fiebres producidas por la dentición infantil. Los pequeños progresos de los chiquillos llenaban de satisfacción a la egregia señora. Los miembros de la familia Habsburgo se deshacían en elogios hacia los niños, que, en lengua afilada de una archiduquesa, "parecían enteramente hijos de su padre, de tan buenos y obedientes cómo se mostraban". 



Antes de cumplir seis años, se puede afirmar que Rodolfo se consideraba un niño dichoso. Era feliz bajo la amorosa protección de Leopoldine Nischer, compartida con Gisela. El vínculo emocional entre Gisela y Rodolfo era ciertamente profundo, algo que resulta fácil de comprender. Los dos dependían el uno del otro y ambos de su abuela Sofía. El padre, Francisco Jose, les prestaba atención, pero una atención limitada por el hecho de que el hombre vivía consagrado a cumplir sus deberes hacia la dinastía y el imperio. Por tanto, Gisela era la principal referencia afectiva para Rodolfo. Ella ejercía a conciencia su papel de hermana mayor, solícita y protectora.

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